MyTonaca.com/ Pedrito Lemus/ Roberto Escobar (texto y fotos).-
Son casi las siete de la mañana y mi sonrisa pinta la mejor de mis siete noviembres en el año 1978. Impaciente doblo mis rodillas y pongo mi oído sobre la línea férrea para interpretar como sonido la vibración del lejano tren.
- ¡Ya viene!, ¡ya viene! – vocifero a todo pulmón y corro a ponerme los zapatos frijolitos.
- ¡Deja de estar gritando vos, que todavía no viene! – me reprende mi abuela, Doña María Irene Rivas de Marroquín, como si ella no hubiera hecho lo mismo, mientras se pone un sábado su azul vestido dominguero y floreado y yo me quedo en una esquina del corredor un poco achorcholado por el regaño.
A lo lejos, allá por El Campanario, cuando la cola termina de pasar la Finca Esmeralda o Del Coronel, se escucha un claxon potente, ronco y distante que apoya mi tesis comprobada sobre la cercanía del tren, que viene desde Soyapango en esta línea de 146 kilómetros que va hasta Guatemala.
Mi abuela corre ofuscada, aprisiona su cabello en un moño que atrapa con su peineta metálica para que no se le fugue, revisa entre su brassier, encuentra el dinero; jala los canastos, los sacos y las redes y me coge de la mano hacia la estación de enfrente.
Hay muchas gentes de todos los colores y sabores, cultas e incultas, de aquí y de allá, con pisto y sin pisto, con títulos y analfabetas, con deudas y sin ellas; pero al fin gentes que toman alegres el tren mañanero en la estación de FENADESAL del Cantón El Rosario, Tonacatepeque; con sus bultos, sacos, animales para la venta; y todo lo que se pueda comercializar en Aguilares y los pueblos postreros que atraviesa el serpenteante tren. Otras gentes van de paseo o de visita a lugares locales o hasta Esquipulas. Lo sé porque no llevan más que carteras de mano y de hombro, alforjas, matatas o cestas tapadas con mantas bordadas que dejan entrever portadiandas de grises metales y que permiten escapar olores de salsas condimentadas.
Frente a frente vamos sentados, no conozco a nadie, pero igual me divierto con la taza de café que pidió mi abuela y me embijo los dedos de churros refritos, a la vez que disfruto del verde paisaje y las aguas poco contaminadas del río Las Cañas, con el que parece que estos rieles están casados fielmente por estar inseparables en este trayecto. Mi cuerpo y mi cabecita son muñecos de barro de nacimientos de Ilobasco con resortes que se mueven con el vaivén del tren. Me burlo en silencio de la gente que veo menearse, quizá también se burlen de mi.
Llegamos a Aguilares compramos sandías, maíz y no se qué; en casonas blancas y en el bullicioso mercado. Pasan las horas, volvemos en carro por San José Las Flores. No duermo esperando mañana para ir de nuevo con mi abuela Irene quizá un poco más allá de Aguilares.
Llega el otro día y la ansiada hora, me inclino para colocar mi oído sobre el riel en el mismo lugar que lo puse ayer. Esta vez no escuche nada, no venía el tren. En el lugar donde acostumbré poner el oído la línea está borrada, ya no hay más rieles, se los llevaron para la chatarrería a vender.
Mi sonrisa pinta una de las peores de mis treinta y nueve noviembres en el año 2011.
La línea del ferrocarril en El Rosario está sufriendo actualmente el hurto de muchos metros de riel en diferentes lugares de su recorrido para ser comercializado como chatarra, haciendo más difícil su futura rehabilitación, la cual aún no está en los planes de FENADESAL.
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Roberto Escobar es un jicamero originario del cantón El Rosario y en estos días se suma a la familia de “tonacas” en la web y trabaja en su portal web “Originario de Tunalacatltepetl“; bienevenido! Enhorabuena!
- Puente y al fondo antigua estación, cantón El Rosario






















































































































